Campofrío, ¿polarización o morbo?

Se habla insistentemente de polarización política, incluso desde la publicidad, como en el caso de Campofrío. Sin embargo, ese relato no se sostiene.

La polarización exige dos bloques enfrentados de forma equivalente, y eso no es lo que ocurre. Históricamente, PP y PSOE han compartido marcos políticos similares. Lo que ha cambiado no es el bloque progresista, sino la derecha, arrastrada por Vox hacia posiciones cada vez más radicales y difíciles de justificar incluso para los suyos. Eso no es polarización: es radicalización unilateral.

Tampoco hay una ruptura general del diálogo. Lo que existe es una oposición instalada en el “no a todo”, no por convicción democrática, sino por miedo a perder votos frente a la extrema derecha. No es falta de consenso; es sumisión política.

Y no hay una percepción mutua de amenaza. El bloque progresista no amenaza a nadie: es el que está siendo atacado por una alianza de derechas, poder mediático y sectores judiciales. Cuando un solo bloque busca eliminar al otro por vías antidemocráticas, no hablamos de polarización, sino de intento de aniquilación.

Este clima de crispación no es casual. Responde a una ofensiva organizada del ultraliberalismo global, con tintes autoritarios, que utiliza la mentira, el bulo y la violencia verbal como herramientas políticas. Ante la pérdida de poder, la derecha tradicional ha optado por asumir ese discurso y amplificarlo.

El resultado es una sociedad tensionada por un solo bloque. Esa es hoy la única estrategia del capitalismo para perpetuarse.

Por eso conviene decirlo con claridad: no hay polarización política. Hay un ataque del bloque ultraconservador contra el bloque progresista. Que incluso una marca como Campofrío lo blanquee, por ideología o por negocio, solo evidencia hasta qué punto el absurdo se ha normalizado.