Campofrío, ¿polarización o morbo?

Se habla insistentemente de polarización política, incluso desde la publicidad, como en el caso de Campofrío. Sin embargo, ese relato no se sostiene.

La polarización exige dos bloques enfrentados de forma equivalente, y eso no es lo que ocurre. Históricamente, PP y PSOE han compartido marcos políticos similares. Lo que ha cambiado no es el bloque progresista, sino la derecha, arrastrada por Vox hacia posiciones cada vez más radicales y difíciles de justificar incluso para los suyos. Eso no es polarización: es radicalización unilateral.

Tampoco hay una ruptura general del diálogo. Lo que existe es una oposición instalada en el “no a todo”, no por convicción democrática, sino por miedo a perder votos frente a la extrema derecha. No es falta de consenso; es sumisión política.

Y no hay una percepción mutua de amenaza. El bloque progresista no amenaza a nadie: es el que está siendo atacado por una alianza de derechas, poder mediático y sectores judiciales. Cuando un solo bloque busca eliminar al otro por vías antidemocráticas, no hablamos de polarización, sino de intento de aniquilación.

Este clima de crispación no es casual. Responde a una ofensiva organizada del ultraliberalismo global, con tintes autoritarios, que utiliza la mentira, el bulo y la violencia verbal como herramientas políticas. Ante la pérdida de poder, la derecha tradicional ha optado por asumir ese discurso y amplificarlo.

El resultado es una sociedad tensionada por un solo bloque. Esa es hoy la única estrategia del capitalismo para perpetuarse.

Por eso conviene decirlo con claridad: no hay polarización política. Hay un ataque del bloque ultraconservador contra el bloque progresista. Que incluso una marca como Campofrío lo blanquee, por ideología o por negocio, solo evidencia hasta qué punto el absurdo se ha normalizado.


NO SE SALVA NADIE!

No, nadie se salva, ¡pero no todos son iguales! Aquí va el porqué, desde mi punto de vista. 

La Izquierda nacional vive en el desmadre y la confusión, enzarzada en su guerra particular. Prioriza cualquier cosa ajena a "llenar las neveras", profundizando en la pureza ideológica y otros "asuntos" mientras el paro afecta a 2,42 millones de personas.

El PSOE alimenta un Gobierno propio que apoya guerras y gasta en armamento, mientras la pobreza (AROPE) arrastra a la desesperación a 12,5 millones de españoles. Un partido que mantiene (y aplica como nadie) la Ley Mordaza, derogó parcialmente la reforma laboral anterior dejando una enormidad de contratos a tiempo parcial que generan pobreza laboral, y arrastra casos de corrupción continuos.

El PP, embadurnado en corrupción, apuesta por lo privado a costa de quien sea y presume de “controlar la Sala Segunda del Tribunal Supremo por la puerta de atrás”. Un partido que solo reconoce la democracia cuando gobierna, no sabe estar en la oposición y solo atiende las reivindicaciones de los grandes empresarios.

Vox, los anti-establishment, aún no gobiernan y ya tienen una condena de cerca de un millón de euros por financiación irregular. Casi una decena de sus fundadores ya no están en el partido: militantes célebres como Espinosa de los Monteros, Olona, Vidal-Quadras o Camuñas han huido. Opacidad en las cuentas, fundaciones pantalla, financiación exterior y patriotismo con banderita de España para taparlo todo.

Los partidos periféricos tiran de la manta que debiera cobijar a la ciudadanía del país, para lograr fines concretos, exclusivos y muy particulares.

Este es el panorama: ni los que están ni los que añoran estar van a trabajar por la generalidad de los españoles y sus graves problemas. Unos defenderán a las empresas y a los potentados; otros se pierden en discursos biensonantes para tapar su temor al poder. Unos a favor de impuestos, otros en contra; unos con lo público, otros con lo privado. Así mantienen la polarización necesaria para asegurar votos y escaños que les meten en los bolsillos "sus buenos dineros", democráticamente, por supuesto.